EL FALSO CESPED DEL FALSO PAÍS(fragment del llibre “El niño con autismo”ed.Milenio, d’Isabel paula i Jordi Torrents)

 

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En un momento determinado Abel paró en seco, deprimido por haber dejado de entender el mundo que le rodeaba, las reglas de los juegos e incluso la forma de comportarse de los demás. El miedo que nos produce lo desconocido, la incertidumbre, la oscuridad, los caminos sin salida, incluso las crisis existenciales, en el caso de Abel se convirtió en un verdadero terror por el hecho de haber dejado de entender. Su expresión de niño feliz, eufórico ante el hallazgo de un balón o un columpio amarillo y verde en el parque, vivió una metamorfosis, transformándose en una extraña mueca, en una incapacidad ya no para estallar en una sonora carcajada, sino incluso para sonreír. Abel no lo sabía, pero se encontró perdido. Y se paró. Sara y Julio, el padre de Abel, entraron en una fase de angustia ante lo desconocido, aterrorizados ante la presencia de otro yo que empieza a acompañar a Abel, un otro distinto, arisco, silencioso, capaz de hundir en una nebulosa aparecida de la nada a su hijo para, poco a poco, usurpar su vida, su personalidad y todo lo que había aprendido. Esos primeros aprendizajes parecen quedar enterrados en alguna isla perdida. Y ese otro, el único que tiene el mapa para llegar, ha sellado el pergamino dentro de una botella y la ha lanzado en un punto indefinido del océano, plagado de tiburones, fosas abisales y maderas crujientes de los restos de algún naufragio. Las horas nocturnas de Sara, esos momentos azules en que nos dejamos balancear por el sueño, se ven plagadas de extrañas visiones. Cada mañana, Sara sacude cada vez con más fuerza las sábanas y las alisa para no dejar el resquicio de ninguna arruga, de ningún temor.                                                                                                                   

Abel deambula por calles indefinidas, por paisajes que, de cerca, están teñidos de vivos colores, pero sin horizonte. Nunca llego a él. De pequeño empezó a pintar su vida con esos colores, a trazar las líneas de su mapa personal. Le encantaban los juegos con música, los de encajar piezas y los de construcción. Quería dar forma a esa vida a través de un puzzle de animales de la selva y de un Lego multicolor con el que convertirse en un pequeño genio de la arquitectura de plástico, aunque sin ningún problema para abandonar una futurista construcción a medio camino entre el modernismo y la escuela Bauhaus para lanzarse con las manos levantadas por la helada superficie del tobogán del parque de su barrio, aquel en el que Abel empezó a crear y a destruir sus castillos de arena y sus abrazos. Sara solía también abrazar con fuerza esa vida que ensayaba aún su propia obra, con una dramaturgia basada en el método de la imitación: si Sara barría, Abel cogía una escoba con la que, después de dar un par de trastazos contra alguna mesa invasora, intentaba acumular algo de polvo rebelde para llenar otro acto más de su personal representación teatral. Aplausos. Telón. Hasta que, un día, el telón ya ni se levantó. No había función, no había imitación, no había juego simbólico. Años más tarde, Abel demuestra una gran habilidad con los juegos de ordenador. Su reflejo en la pantalla es la única imitación que es capaz de desarrollar, mientras su mano y su mente se compenetran para adentrarse en mundos cibernéticos donde encontrar llaves de tesoros ocultas en unos cofres que una especie de mono galáctico debe abrir, a la vez que evita que unos grotescos piratas sin pata de palo ni loro lo atrapen. La bicicleta y los patines son sus otros, y únicos, vínculos con algo parecido al juego, aunque su seguridad pasa por la repetición de unos circuitos uniformes, invariables, como cuando ante el televisor es capaz de pasar docenas de veces seguidas la misma secuencia de un episodio de los Teletubbies, con voces afiladas, movimientos torpes y exagerados, un sol con cara de niño y un conejo que pasea engañado por el falso césped del falso país de los falsos peluches gigantes. Abel, fascinado por esa sobreactuación, mantiene su mano derecha levantada casi todo el rato, con el mando a distancia a punto para retroceder la imagen o hacerla avanzar, en ocasiones a cámara rápida, en un juego obsesivo que refuerza aún más la falsedad de la imagen.

 

 

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