EL ASCENSOR – Laura Jareño

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            El botón del ascensor ya estaba  apretado pero el hombre de Camerún insistía a la joven en que no habían marcado. La mirada  fulminante de la joven latinoamericana hacia el hombre dejó atónitos a todos los allí presentes, incluidas las chicas escandinavas con sus grandes maletas. El joven paquistaní, nervioso mirando su “Smartphone” ¿Por qué será que la mayoría de paquistaníes controlan tanto las nuevas tecnologías? Y yo procedencia del mundo, con ubicación en Santa Coloma de Gramenet… Solo faltaba alguien de fuera de la Tierra para completar la representación universal. Quizá Venus, quizá de Marte, por proximidad a la Tierra… Aunque también si es más lejano pues porque no de Urano. ¿Se hubiera quedado también así nuestro compañero  de viaje alienígena? ¿Qué se imaginaría de aquella situación en el metro? ¿Serían ridículos nuestros medios de transporte público comparados con los suyos? ¿Excesivamente caros? Seguramente el salario mínimo interprofesional de su planeta sería mucho más elevado que el de nuestro país y ya no harían falta más concentraciones reclamando los derechos más básicos de sus ciudadanos.

El ascensor llega al andén dirección al hall del metro que conecta con el resto de líneas de metro. El hombre sudafricano habla con lo que parece su señora y dice en voz alta mirando al resto de pasajeros del ascensor: “Jesus Cristo”. ¿Estábamos formando parte de algún bautismo o celebración cristiana? ¿De dónde sacaría el agua bendita a tantos metros bajo nivel de mar? Y aun peor, ¿nos haría tomar las ostias? O quizá era algo más evangelista… ¿Seguiría vociferando partes del Evangelio?¡Dios mio porque no sube ya este ascensor! Vivan las contradicciones, el mundo y yo misma ya que  estamos llenos de ellas.

Volviendo a mi habitáculo momentáneo, considero que es incómodo ir en ascensor te quedan pocas opciones: hablar, estar callado y bien mirar el techo, las paredes o los zapatos de los pasajeros o personas con las que compartes ese mínimo espacio. Y si te da por observar los zapatos, posiblemente hagas tus tribulaciones. O lo que es peor mirarles a la cara pueden concurrir millones de reacciones.  Así que esta vez me atrevo y miro a dos pasajeros, en concreto al matrimonio religioso. Y aun con más valor me atrevo a hablarles, más detenidamente al hombre que exclama JesuCristo. “ Creo en Dios. Hábleme de él”. No se porque lo hice, supongo que por ver sus reacciones, una pequeña investigación psicosocial o quizá antropológica, o que el tedio aprieta, o que empiezo a desvariar en mis proposiciones.

Al hombre se le ilumina la cara. Al resto no tanto, empiezo a notar el miedo o desconcierto en sus caras. Como diciendo ¡que suba ya este ascensor!  Vuelvo a pensar en ese hipotético alienígena, que coge por primera vez el metro y llega a la Sagrera y se encuentra con todos nosotros, con nuestras expresiones faciales, corporales, hablando de Dios a tantos metros bajo tierra, en un espacio cerrado e ínfimo.. . No es que crea o deje de creer en vidas extraterrestres solo es que mi imaginación y empatía vuelan a mil revoluciones por segundo. La imaginación  es un gran don o habilidad para crear, para las relaciones interpersonales a veces puede jugar malas pasadas, sobre todo si te atreves a experimentar aquello que imaginas… lo que pasa, con esta anécdota del ascensor de las culturas.

Bien volvamos al cristiano africano. Al hombre que me miró atónito, perplejo, entusiasmado. Cogió un papel o folleto de su bolsillo y me lo acercó. Resultó ser de un centro evangelista que estaba en mi calle… Qué curioso, no sabía ni que existía. Y me dijo que Dios me esperaría allí este domingo, y su esposa y él también, por su puesto con los brazos abiertos. Que además hacían cánticos con las mejores voces conocidas.

En cuestión de segundos, muchos, el ascensor llegó al hall, donde conecta con las línea azul y roja de la estación de Sagrera del metro. Los pasajeros que allí subíamos en el ascensor marchábamos hacia nuestros destinos. Las escandinavas apresuradas con sus grandes maletas y guías de la ciudad de Barcelona. El joven paquistaní, muy motivado, al volver a tener cobertura en su teléfono móvil, la joven latinoamericana con la cara de agobio después de aquel suceso en el ascensor, parecía que había empezado un mal día…

Nos despedimos  con el  matrimonio africano y fui a coger el metro  de la línea cinco para dirigirme a mi destino. Ya no había más ascensores.  Guardé aquel folleto en mi bolsillo del abrigo, entre los que guardo por pereza de tirar de curanderos, clínicas dentales y descuentos de comida rápida. No sé porque será que siempre acabamos guardando papeles que no nos interesan desde un primer momento, y nunca recordamos de tirar o reciclar.  Pero este  papel me había hecho ilusión, y me lo guardaría con más cariño. No fui aquel domingo, ni el siguiente… Solo es un recuerdo viajando y subiendo en ascensor del metro de Barcelona. Una experiencia entre culturas, con mi imaginación, y con las curiosidades de viajar y moverse por la gran ciudad en sus profundidades tecnológicas.

Laura Jareño Sánchez

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