DOCTOR, ¿TIENE UN CALMANTE? – Antonia Pilar Villaescusa

Fonendoscopio-Riester-Tristar[1]

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Rondaría los cincuenta, aunque probablemente aún le faltaran unos cuantos para celebrar el medio siglo. Se conservaba bien. Extremadamente bien. Usaba bigote, y algunas canas batallaban por asomarse sin resultado aparente, pues el color negro abundaba en su cabeza cubierta siempre por un ancho sombrero oscuro. Era alto y erguido. Elegante y distinguido. Amable y cordial unas veces. Afable y simpático otras, dependiendo del día.
Tenía el poder de los Dioses. Solo pensar en él, mirarle a los ojos o simplemente tocar su mano, las dolencias desaparecían por arte de magia. Una sola palabra bastaba para salir de su consulta como nueva, o recuperada del todo. Era el hombre de los milagros, un portento, que sanaba sin apenas tocar.
Los viernes era el día de recetas. Había que madrugar porqué los pacientes crónicos abundaban cada vez más (no era de extrañar con el aire viciado que nos regalaba la ciudad ) y Magdalena, era una de ellas. El reuma maldito no la dejaba en paz, pero se calmaba cuando las pastillas actuaban en su estómago. La dichosa bronquitis era otra historia, esa se había instalado en su pecho y acomodado en él y no parecía tener prisas ni ganas de irse de su lado. La padecía desde pequeña. Era molestosa y un tanto irritante. Una tos severa y seca que le impedía por las noches descansar.

De hecho su padre siempre le decía “Hija, como no te cuides, no llegarás a vieja”….Andaba equivocado el hombre  (pensó Magdalena)  pues vieja ya lo era, le sobraban años por todas partes; su padre no calculó nunca bien la historia de su vida. Porqué también le auguró verla llena de hijos…y la soltería, ha sido lo único que ha llenado su vida, ni hijos, ni maridos, sola, siempre sola.

Pero ella tenía en su poder la mejor medicina, la que obraba milagros y la ayudaba a seguir sumando años; era, su médico de cabecera.

-«Hombres así se merecen estar en un altar. Obran más prodigios que los santos de madera  que ostentan en las iglesias. Viven para los demás. Al menos son útiles. A veces, cuando tengo mis días raros, me entran ganas de contarle mi vida, cosas, que tengo escondidas y que nadie sabe. Lo veo como un confesor. Me da confianza, seguridad, eso, que hace tanto tiempo perdí. Pero no me encuentro preparada y además podría resultar peligroso. Una vieja como yo, puede irse de la lengua fácilmente… Me agradaría tutearle, la diferencia de edad me lo permite, pero no me atrevo…!!Esa falta de atrevimiento que llevo desde pequeña en mi alma y que me ha cerrado tantas puertas!! Quizás él lo tomaría como una osadía y me vería como una intrusa, una alcahueta o peor aún, una vieja buscona que quiere confesar historias de su rancia vida.

Estoy segura que afectaría nuestra buena relación y a mí me interesa que me cure y me mantenga sana el tiempo que haga falta. Vaya bobadas que digo, es la edad, estoy segura de ello…”

De hecho, Magdalena se sentía atraída por ese doctor, aunque ella tozuda como una mula lo negase cuando alguna amiga se lo insinuaba, lo que ella quería es estar en paz con sus enfermedades, y ese pedazo de hombre, lo hacía, por eso se sentía bien.  No necesitaba nada más. De joven, quizá hubiera hecho un paso de esos atrevidos, pero ahora a su edad, ¿Dónde iba ella? Además, ese médico tenía mujer, su mano lo delataba, el anillo de oro que lucía la deslumbraba a veces cuando se sentaba frente a él. Y un hombre casado es algo intocable. Hoy, era viernes, iría a la consulta. Necesitaba pastillas. Se arregló. Cubrió sus labios finos y delgados con una capa de carmín. Se puso los pendientes de oro y el bolso nuevo. Un suave toque de perfume. Y como aquél que va hacía el cine un domingo por la tarde, ella iría al centro médico, compuesta, a paso lento, pues, llena de dolores estaba, pero con unas ganas de ver al doctor que le retortijaba todo el vientre.

-“¡Dios santo, a mi edad!…¿Dónde voy yo a mi edad? !Padre, eso a mí, no me lo habías vaticinado nunca!”

 

Original de: Antonia Pilar Villaescusa Rius.

 

 

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